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—¡Mamá despierta, ya es tarde!

El pequeño guardaba una manzana en su mochila, para comer en la escuela, mientras gritaba hacia la habitación de su madre. Su mamá trabajaba en las tardes y noches, mal pagada, explotada, cocinando y limpiando en una pequeña fonda. Su jefa era una señora abusadora con compasión sólo para sus hijos malcriados.

—¡Es en serio mamá, no quiero llegar tarde, hoy es la kermés!

La soledad de las tardes no le pesaban al niño, su abuela vivía cruzando la calle y su mamá siempre le dejaba la comida y la cena preparada. Entendía el sacrificio que hacía su mamá todos los días para tener la casa limpia, preparar su comida y todavía trabajar hasta entrada la noche.

Entró a la habitación apurado y se congeló al segundo paso. A la habitación le faltaba el característico calor de su mamá. Se acercó a ella y tocó su cara, helada como sus ahora olvidados deseos de no faltar a la kermés de la escuela. El gato maullaba a los pies de su madre y el niño usaba la lluvia como excusa para no llorar.

—Mamá… despierta… ya es tarde…

Compota de palabras, Christian Guerrero. (via aveliteraria)